Federici y Caffentzis

Federici y Caffentzis

En próximos posts tenemos la intención de entrarle a fondo a un nuevo (para nosotras) y fecundo proyecto y trabajo en común de las autoras y autores de América Latina que llevan años analizando, estudiando e impulsando al mismo tiempo iniciativas y proyectos de autonomía comunitaria. Nos referimos en esta ocasión a “El Apantle, Revista de Estudios Comunitarios” de la cual como decimos volveremos a tratar en profundidad. Pero valga hoy como adelanto uno de los textos que allá aparece y que creemos conveniente desgajar del conjunto de la publicación por la importancia de la cuestión que plantea, dado que en los últimos tiempos asistimos a una acusada moda de “lo comunitario”, etiqueta bajo la cual se cobijan conceptos no sólo diferentes, sino incluso contrapuestos.

El texto que hoy acercamos,  “Comunes contra y más allá del capitalismo”, escrito por una conocida de este blog, Silvia Federici, y por George Caffentzis (filósofo del llamado “marxismo autonomista”), como las editoras del Apantle nos reseñan, “fue publicado inicialmente en septiembre de 2013 con el título “Commons against and beyond capitalism” en la revista Upping the Anti: a Journal of Theory and Action”

Creemos que su introducción ubica la cuestión con claridad:

Cada vez más, el término “común” tiene mayor presencia en
el lenguaje político, económico e incluso en el inmobiliario.
Derecha e izquierda, neoliberales y neokeynesianos, conservadores
y anarquistas utilizan el concepto en sus intervenciones. El Banco
Mundial acogió el término cuando, en abril de 2012, dictaminó
que toda investigación que llevase su sello debía ser “de libre acceso
mediante una licencia Creative Commons –una organización sin
ánimo de lucro cuyas licencias por derechos de autor tienen como
objetivo favorecer un mayor acceso a la información a través de
Internet” (Banco Mundial, 2012). Incluso The Economist, un paladín
del neoliberalismo, ha saludado el uso de este término a través de los
elogios vertidos sobre Elinor Ostrom –decana de estudios sobre lo
común– en su obituario:
A ojos de Elinor Ostrom, el mundo poseía una gran cantidad de
sentido común. La gente, sin nada sobre lo que apoyarse, crearía formas
racionales de supervivencia y de entendimiento. Aunque el mundo
tuviese una cantidad limitada de tierras cultivables, de bosques, de agua
o de peces, sería posible compartirlo todo sin agotarlo y cuidarlo sin
necesidad de contiendas. Mientras otros autores hablaron de la tragedia
de los comunes con pesimismo, centrándose tan sólo en la sobrepesca o
la explotación agrícola en una sociedad de codicia rampante, Ostrom,
con sus sonoras carcajadas, se convirtió en una alegre fuerza opositora
(The Economist, 2012).
Por último, es difícil ignorar el uso tan habitual que se hace del
concepto “común” o “bienes comunes” en el actual discurso
inmobiliario sobre los campus universitarios, los centros comerciales
y las urbanizaciones cerradas. Las universidades elitistas que exigen a
los estudiantes matrículas anuales de 50 mil dólares, se refieren a sus
bibliotecas como “centros comunes de información”. En la vida social
contemporánea, parece que es ley que cuanto más se ataca a los comunes,
más fama alcanzan.
En este artículo examinamos las razones detrás de estas tendencias
y planteamos algunas de las principales preguntas que enfrentan hoy
en día los comunitaristas anticapitalistas:
 ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “comunes
anticapitalistas”?
 ¿Cómo podemos crear, a partir de los comunes que nacen de
nuestra lucha, un nuevo modo de producción que no esté
basado en la explotación del trabajo?
 ¿Cómo podemos prevenir la cooptación de los comunes y su
conversión en plataformas desde las que la clase capitalista
decadente pueda rehacer sus fortunas?

Pero por si no fuera lo bastante como para tentaros a su lectura, creemos que sí lo conseguirán los siguientes párrafos muestra de algunos de los puntos sobre las íes que se ponen claramente en el texto:

Cooptando los comunes

Ante todos estos avances, nuestra tarea es entender cómo podemos
conectar estas realidades diferentes y cómo asegurar que los comunes
que producimos transformen realmente nuestras relaciones sociales y
no puedan ser cooptados. Es un peligro real. Durante años, parte de
la clase dirigente capitalista internacional ha promovido un modelo
de privatización más suave, apelando al principio de lo común como
un remedio para el intento neoliberal de someter todas las relaciones
económicas a las máximas del mercado. Ha podido constatarse que
la lógica del mercado, llevada al extremo, resulta contraproducente
incluso desde el punto de vista de la acumulación de capital,
imposibilitando la cooperación necesaria para un sistema de
producción eficiente. Basta observar la situación de las universidades
estadounidenses, donde la subordinación de las investigaciones
científicas ante los intereses comerciales ha reducido la comunicación
entre científicos, forzándolos al secretismo acerca de sus proyectos o
resultados.
Deseoso de aparecer como el gran benefactor, incluso el Banco
Mundial utiliza el lenguaje sobre lo común para dar un toque positivo
a la privatización y limar el filo a la resistencia esperada. Tras esa
imagen de gran protector de “los bienes comunes mundiales”, el Banco
Mundial expulsa a pueblos de las selvas y los bosques en los que han
vivido durante generaciones para, posteriormente, permitir el acceso
a aquellos que puedan pagarlo, una vez construidos parques temáticos
u otro tipo de atracciones comerciales. El principal argumento es que
el mercado es el instrumento de conservación más racional que existe
(Isla, 2009). La Organización de las Naciones Unidas también ha
reafirmado su derecho de gestionar los principales ecosistemas del
planeta (la atmósfera, los océanos y la selva amazónica) para abrirlos
a la explotación comercial; una vez más a nombre de “preservar” la
herencia común de la humanidad.
“Comunalismo” es, también, la jerga utilizada para enganchar
trabajadores no remunerados. Un ejemplo típico es el programa Big
Society [Gran Sociedad] del Primer Ministro británico David Cameron,
cuyo objetivo es movilizar las energías de las personas en programas de
voluntariado, compensando así los recortes en servicios sociales que
su administración introdujo a nombre de la crisis económica. Siendo
una ruptura ideológica con la tradición que Margaret Thatcher inició
en los años 80, cuando declaró que “la Sociedad no existe”, el programa
Big Society instruye a organizaciones patrocinadas por el gobierno
–desde guarderías hasta librerías, pasando por clínicas– a reclutar
artistas locales y a jóvenes para que, sin ningún salario a cambio, se
impliquen en actividades que aumenten el “valor social”, entendido
éste como cohesión social y, sobre todo, como reducción de los costos
de la reproducción social. Esto significa que las organizaciones no
gubernamentales que realizan programas para los ancianos pueden
percibir fondos del gobierno si son capaces de crear “valor social”,
el cual se mide siguiendo unos cálculos especiales con base en las
ventajas de una sociedad sostenible, en términos medioambientales
y sociales, incrustada en una economía capitalista (Dowling, 2012).
De esta manera, los esfuerzos comunitarios para construir formas de existencia solidarias y cooperativas fuera del control del mercado, se
pueden utilizar para abaratar el costo de la reproducción social e incluso
para acelerar los despidos de empleados públicos.

Comunes productores de mercancías

Un tipo diferente de problema para la definición de los comunes
anticapitalistas, es el planteado por la existencia de comunes que
producen para el mercado, orientados por la motivación de la ganancia,
por el “afán de lucro”. Un ejemplo clásico lo encontramos en las
praderas alpinas suizas no cercadas, que cada verano se convierten en
zonas de pastoreo para vacas lecheras que producen para la poderosa
industria láctea suiza. Asambleas de ganaderos dedicados a la lechería,
sumamente cooperativos en sus esfuerzos, gestionan estos prados. De
hecho, Garret Hardin no podría haber escrito “La tragedia de los
comunes” si hubiese decidido investigar cómo llegaba el queso suizo
hasta su nevera (Netting, 1981).

Eta hemen paragrafoen aukeraketa uzten dugu, testu osoa irakurtzeko dagoeneko horrekin tentazio nahikoa eta soberan izango duzuelakoan. Hala izatekotan, on dagizuela

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