En el anterior post “Euskadi, bien común (G. Vasco)” y otros neoliberales “comunitarios” cercanos y más peligrosos… ¡¡¡Hay que joderse!!! tras analizar la utilización-manipulación-banalización que se está llevando a cabo de conceptos como “común”, “bienes comunes” “auzolan”, etc., comentábamso que:

En nuestra opinión, la mejor forma de defender lo realmente importante de esos conceptos es dotarles de contenidos propios, de definiciones claras que limiten los “cajones de sastre” con los que se intenta que prevalezca el “todo vale”. Pero, sobre todo, construir realidades acordes a esas palabras y definiciones, realidades que hablen por sí solas sin necesidad de ser etiquetadas; porque hablar de lo común, lo comunitario, la colaboración desinteresada o el compromiso y la obligación colectiva autoimpuesta del auzolan, es muy fácil, pero practicarlo es otra cosa, sobre todo para quienes cuando se les llena la boca con estas palabras no lo hacen desde el convencimiento y la apuesta sincera, sino desde la mera oportunidad. Las prácticas comunitarias pueden transformar la realidad, las falsas etiquetas intentan confundirnos para impedirlo.

Desde ese planteamiento en KTT volveremos sobre estas cuestiones, intentando tanto traer a estas líneas realidades comunitarias que ya existen, como acercando textos y debates que permitan dotar de contenido y definir con claridad y precisión esos conceptos. Sin olvidar que hay otro terreno en el que los manipuladores tienen poco que hacer, el del sentido común de cada cual, y el del sentido común comunitario, algo que nunca sabrán ni qué es, ni la fuerza que tiene.

En esa tarea de recopilar realidades comunitarias, textos y debates estábamos (y seguiremos) cuando desde la web de Horizontes Comunitarios (un espacio que apuesta por algo tan lúcido como ¡por un sentido común de la desidencia! y en el que participan o impulsan personas que llevan currando estas cuestiones en profundidad y desde hace tiempo) nos llegaba el anuncio de “la liberación” del nº 2 de El Apantle, la Revista de Estudios Comunitarios que edita la Sociedad Comunitaria de Estudios Estrátegicos, de quien ya comentamos su sabrosísimo número 1 titulado ¿Común para qué?

En lógica secuencia con el anterior, el título del nuevo número, que publicaron en octubre de 2016, es el que da título a esta entrada: ¿Común cómo? Lógicas y situaciones, que, como vemos, nos viene al pelo para las cuestiones que plantemos es tan necesario profundizar. El punto de partida de este número nos lo acercan en la introducción:

En esta ocasión decidimos detenernos a pensar en las lógicas y dinámicas de la producción de lo común en situación y contexto, a la luz de diversas experiencias y territorialidades urbanas y rurales. Un punto de partida para abordar esta cuestión es el reconocimiento de lo común como una serie de relaciones sociales orientadas a organizar y garantizar la reproducción de la vida; en lo que destaca la capacidad que tenemos todas y todos para cuidar y regenerar aquellos ámbitos que compartimos, participando de los espacios cotidianos de deliberación y producción de decisión para darle forma colectiva a nuestras propias socialidades. Lo político en clave comunal es una manera de pensar precisamente en esa  diversidad  y  heterogeneidad  de  formas  sociales que buscan reproducir la vida a partir de redes de cooperación, de obligatoriedad en el trabajo, de vínculos de colaboración y apoyo mutuo.

Desde esa misma introducción se nos deja claro también que, en contra de lo que mucha gente piensa, las experiencias comunitarias en América Latina no se limitan a lo rural o campesino indígena, sino que, como buena parte de las experiencias que recoge El Apantle 2, cada vez hay más experiencias urbanas, señalándonos algunas de las razones para que esto suceda:

Y es que habitualmente, desde muy distintos abordajes, la mayor parte de los acercamientos a la comunidad, han estado circunscritos al ámbito rural, a las poblaciones indígenas y a los mundos campesinos indígenas. Sin embargo, atentas a los procesos crecientes de urbanización de la modernidad capitalista y la consustancial degradación y precariedad de la calidad de vida de amplios segmentos de la población, asistimos a la emergencia y trasvase de diversas expresiones de  lo comunitario o de producción de lo común en las ciudades —entendidas desde nuestro punto de vista, como estrategias para sostener y reproducir la vida.

Esa rica introducción señala también algunas claves de la forma distinta en que se desarrolla lo común en esos diversos espacios:

Parte de nuestras reflexiones radica en la siguiente distinción: en las comunidades indígenas se ha compartido y recreado históricamente el territorio y se han organizado una serie de técnicas y estructuras de gobierno comunal. Las experiencias indígenas en tierras comunales tienden a vincular la autonomía política con la reproducción material y simbólica de la vida. Mientras que en el caso de los esfuerzos urbanos, difícilmente se comparte un espacio y un tiempo de manera continua; hay una separación entre los espacios de vida y los ámbitos en que se reproduce materialmente la existencia, los cuales en mayor medida están mediados por las lógicas del dinero y el trabajo abstracto.

Ante tales cuestiones queremos poner en el centro las situaciones y las lógicas de lo comunal, intentando pensar el siguiente tema: si la regulación y la organización no se resuelve plenamente a través del Estado o del mercado, ¿cómo se ha gestionado? Las respuestas  podemos  rastrearlas  a  través  de  plurales  y  múltiples dinámicas colectivas de autoorganización del hacer para gestionar diversos ámbitos de la vida, como la alimentación, la justicia, el trabajo o la vivienda. En tales dinámicas, la asamblea aparece como una forma política de deliberación y de organización del trabajo comunal para pautar y resolver las necesidades concretas, como señala Gladys Tzul Tzul.

Finalmente, ponen sobre la mesa algunas de sus respuestas al ¿común cómo?

Vemos que en todo esto lo común expresa la insistencia y  la perseverancia de las relaciones sociales orientadas a cultivar y regenerar aquello que se comparte o incumbe a todos, como estrategia cooperativa de reproducción de la vida bajo regulaciones autónomas o no enteramente sometidas a la lógica mercantil y/o estatal. Es por ello que pensamos lo común en términos críticos, en tanto su re-creación no sólo expresa la existencia de un hacer cooperativo orientado por el valor de uso para garantizar y cuidar aquello que se comparte para reproducir la vida, sino también, las inestabilidades de las relaciones capitalistas incapaces de mercantilizarlo todo (Navarro, 2015).

El índice de este El Apantle nº 2 es el siguiente:

 

Introducción

Artículos

  • La producción de la autoridad comunal indígena. Breve esbozo para Guatemala. Gladys Tzul Tzul
  • Categorías para pensar la justicia desde la comunidad: acuerdo, reparación y reeducación. Alicia Hopkins Moreno
  • Leer el siglo XX a contrapelo. Constelaciones de historias comunitarias de luchas por territorio y autogobierno en Bolivia y Guatemala. Raquel Gutiérrez Aguilar, Huascar Salazar Lohman y Gladys Tzul Tzul
  • La asamblea y el campamento. Sobre la autoorganización de lo común. Amador Fernández-Savater
  • Casas para la vida. Lo común urbano en el cooperativismo de vivienda por ayuda mutua en Uruguay. María Noel Sosa González
  • “Los artesanos del transporte”. Q’ipiris y minitransportistas en la feria callejera de Villa Dolores. El caso del Sindicato de Minitransportes de Carga Manual, Estibadores y Serenos, El Alto, La Paz, Bolivia, 2008-2015. Julio César Mita Machaca
  • La guerra en México: contrainsurgencia ampliada versus lo popular. Dawn Paley
  • Oposición e interdependencia capitalista entre el campo y la ciudad. Retos para resistir al dominio y para la utopía anticapitalista. Efraín León Hernández

Miradas y diálogos fértiles

  • Las paradojas de la condición colonial. Un acercamiento al trabajo de Silvia Rivera Cusicanqui. Comentarios al libro Hambre de huelga. Ch’ixinakax utxiwa y otros textos. Alejandra Aquino
  • Claves desde la Ecología Política para re-pensar la ciudad y las posibilidades de comunalización. Entrevista a Horacio Machado. Mina Lorena Navarro
  • Sobre los autorxs
  • Novedades editoriales
  • Convocatoria para participar en el tercer número de el Apantle

 

No vamos a alargarnos opinando sobre los textos de este número 2 de El Aplante, pues os recomendamos que lo leáis en su integridad, pero dejemos algunas pistas basadas en nuestras propias impresiones sobre algunos de los textos.

Por ejemplo, leyendo “La reproducción de la autoridad comunal indígena” en Guatemala de Gladys Tzul Tzul, hemos vuelto a experimentar la misma sensación que tuvimos al conocer algo más en profundidad las formas de organización comunal en El Alto boliviano cuando tomamos parte en los trabajos que dieron pie a la redacción del libro “Las Vecindades vitorianas. Una experiencia histórica de comunidad popular preñada de futuro”. Allí ya comentábamos nuestra sorpresa ante las increíbles similitudes entre dos organizaciones vecinales tan distantes en el tiempo y el espacio. Bastante de eso nos ha vuelto a suceder con las formas de organización que nos detalla Gladys. Y sobrevolando todo ello nos aparecen algunas preguntas ¿Por qué en gran parte de esas comunidades han sabido mantener (más o menos adaptadas a los tiempos, más o menos desdibujadas en la actualidad, según el momento) esa valiosísima forma de autoorganización popular y aquí la perdimos hace ya varios siglos? ¿Puede haber quedado por aquí algún resto de semilla que, en caso de ser bien regada y abonada pueda rebrotar?

El interesante trabajo de Alicia Hopkins sobre “Categorías para pensar la justicia desde la comunidad: acuerdo, reparación y reeducación”, inevitablemente nos ha traído a nuestras cabezas nuestras incapacidades para la resolución de ciertos conflictos vecinales recientes (Abetxuko y Santo Domingo) Seguro que leyendo estos párrafos del texto os haréis una idea de a qué nos referimos:

Lo significativo del acuerdo como fuente de legitimidad es que ésta no radica en la subjetividad individual de un juez o de un grupo de expertos legales que deciden y legislan “para” el pueblo, sino que se asienta en el propio sujeto colectivo comunitario, expresado en sus órganos de deliberación y toma de decisiones.

El acuerdo tiene, entonces, dos dimensiones; por una parte, decimos, es garantía de la justicia y, por otra, es también un acto1 colectivo del que derivan derechos y obligaciones. Es decir, es el resultado del trabajo que se hace para alcanzar justicia en un conflicto que atenta de manera interna contra el vínculo2 comunitario; pero también, el mecanismo a partir del cual la asamblea, como institución de autoridad máxima, encamina las acciones para resolver conflictos no sólo internos, sino también aquellos que involucran situaciones externas que amenazan a la comunidad y, en términos positivos, para dar continuidad y proteger la vida comunitaria, prevenir conflictos, fortalecer y recrear el trabajo común, entre otros. En todo caso, detengámonos a analizar la primera de estas dos maneras paradigmáticas que hemos elegido para examinar cómo el acuerdo se expresa en la vida comunitaria.

Decimos que el acuerdo opera como garantía porque una de las notas fundamentales de la justicia comunitaria es la conciliación y el arreglo, como primer mecanismo que permite asegurar la reparación del daño que se ha cometido.

De la lectura que sobre las “Constelaciones de historias comunitarias de luchas por territorio y autogobierno en Bolivia y Guatemala” realizan Raquel Gutiérrez Aguilar, Huascar Salazar Lohman y Gladys Tzul Tzul, nos importa sobremanera el punto de vista con el que abordan su trabajo, que compartimos plenamente:

La importancia de la generación y el establecimiento de límites a la lógica del capital y a la fuerza estatal es un elemento central de nuestra manera de entender la historia en clave comunitaria.

Acciones de esta clase, que desde otras perspectivas suelen comprenderse única o básicamente como acciones de resistencia cuyo contenido político es difuso; son comprendidas desde la perspectiva teórica que compartimos como cotidianos esfuerzos por preservar capacidades materiales y políticas cotidianas en el ámbito de la trama comunitaria en lucha. Capacidades que, en momentos específicos, se despliegan como fuerza de lucha que subvierte el orden de mando vigente al establecer auténticos “vetos” sociales a las políticas más agresivas u ofensivas que los dominantes pretenden imponer. Insistimos en esto porque con frecuencia las luchas que cotidianamente confrontan y descarrilan parcialmente el orden instituido son entendidas únicamente como “resistencias” que carecen de un carácter político explícito. En cambio, una de las ideas fuerza de nuestro argumento es que son esas múltiples constelaciones de luchas cotidianas, que ocurren en torno a disputas por condiciones materiales de existencia, donde se gestan, en los tiempos largos de la historia, las posibilidades políticas más hondas de transformación y emancipación social.

Sobre el trabajo de Amador Fernández Savater (La asamblea y el campamento. Sobre la autoorganización de lo común) no vamos a comentar nada en esta ocasión, pues tenemos la intención de, más adelante, intentar ponerlo en diálogo (si es que somos capaces de tal cosa) con un interesantísimo trabajo de Huascar Salazar sobre lo sucedido en Bolivia, que os acercaremos próximamente.

Tampoco nos vamos a extender mucho comentando el texto “Casas para la vida. Lo común urbano en el cooperativismo de vivienda por ayuda mutua en Uruguay” de María Noel Sosa González, porque es una experiencia que ya hemos recogido en KTT, pero para quien no la conozca, seguro que le entran las ganas con estos párrafos de María Noel:

Casas para la vida como principal común

A grandes rasgos existen tres etapas centrales en la vida de una cooperativa. La primera de ellas es la conformación del grupo y la realización de los trámites administrativos requeridos, junto con la obtención de la tierra y el préstamo. Un segundo momento lo constituye el periodo de obra hasta la inauguración de las viviendas y, finalmente, se pasa a habitar las nuevas casas. La ayuda mutua, la democracia directa, la autogestión y la propiedad colectiva constituyen los cuatro pilares de lo que ellos y ellas mismas denominan Modelo FUCVAM. La democracia directa define que en la toma de decisiones la asamblea tiene un lugar central y cada núcleo familiar tiene capacidad de decisión, aunque tiene voto sólo el socio titular.

La ayuda mutua refiere no sólo a la autoconstrucción de las casas por quienes forman la cooperativa, sino que todos/as aportan al proyecto global y no construyen sólo la casa propia, sino que, por el contrario, todos y todas van construyendo la totalidad de las casas de su núcleo cooperativo. (…) La autogestión refiere a la capacidad de cada cooperativa de administrar, dentro de ciertos parámetros y con cierto soporte técnico, el dinero recibido en el préstamo estatal, así como la autorregulación de los tiempos y las formas del trabajo colectivo. Si bien la ayuda mutua y la autogestión no sólo refieren a la obra, es en este momento que se genera un intenso proceso de aprendizaje sobre la experiencia de gestión y trabajo colectivo en el que todos deberán participar en comisiones y realizar horas de ayuda mutua.

Finalmente señalar también un texto, el de Dawn Paley sobe “La guerra en México: contrainsurgencia ampliada versus lo popular”, porque nos acerca una lectura de la realidad actual mexicana muy distinta a la que habitualmente se nos transmite, y que ayuda a comprender la dificultad de las luchas comunitarias en México, y el tremendo valor de las que éstas están animando y sosteniendo. La autora resume así su propio texto:

Este texto representa un intento por dar otro significado a la violencia y el terror vividos en México bajo el discurso del combate al narcotráfico. En este sentido, argumenta que no estamos viviendo una guerra contra las drogas sino una guerra contra el pueblo. Una guerra de contrainsurgencia ampliada que ataca, masacra y desaparece a los pueblos que viven de acuerdo a pautas comunitario-populares, intentando despojarlos así de su capacidad de reproducir la vida, de producir lo común, y reduciendo sus posibilidades de resistir y de existir más allá del capitalismo.

Sostengo que la contrainsurgencia ampliada ejercida en México durante los últimos 10 años constituye una evolución de la guerra contrainsurgente, por la forma descentralizada de la violencia y por la expansión de la categoría insurgente hacia grupos sociales que constituyen lo popular en las zonas militarizadas.

 

A la vista está que este nuevo número de El Apantle es todo un maravilloso menú degustación repleto de de nutritivos ingredientes con el que alimentar nuestras almas, cabezas, sentimientos y reflexiones y, esperemos, próximos pasos y propuestas en la construcción del común para la reproducción de la vida. Con estos números de El Apantle lo que nos pasa es que somos un poco ansiosas, nos gustan tanto… que ya estamos deseando paladear el siguiente (que en México verá la luz este mismo otoño). Ánimo y fuerzas compañeras y, sobre todo, sincera gratitud por vuestro suculento trabajo.