Ahora que ya llevamos varios días de confinamiento obligatorio que ha provocado un tremendo shock social que impedía abordar un análisis más frío; ahora que las iniciativas populares se han ido organizando para hacer frente a las necesidades más acuciantes del vecindario más vulnerable; ahora que vamos recuperando la capacidad de pensar más allá de lo que nos imponen como obligatorio, creemos oportuno comenzar a aportar reflexiones y puntos de vista que nos ayuden a elaborar nuestros análisis propios.

Para ello vamos a dar espacio a personas y colectivos que ofrecen otras miradas sobre la actual situación pero, antes de ello, quisiéramos aportar un par de apuntes propios (probablemente no exentos de la “contaminación mental” que a todes nos afecta en estos días), sin desarrollo en su reflexión, que puedan facilitar esas perspectivas distintas.

Una primera sobre nosotres mismes y nuestra propia sociedad. Dejando al margen los casos de solidaridad y autoorganización popular que estamos conociendo también estos días, la realidad es que nuestra sociedad actual está demostrando de forma descarnada su rostro más egoísta e hipócrita. La importancia que le damos al riesgo de la vida de las personas sólo cuenta cuando nos afecta a nosotres.

Todos los poderes políticos y económicos están tomando unas decisiones drásticas, con unas consecuencias sociales y económicas de muy difícil previsión (especialmente para las personas social y económicamente más vulnerables y/o excluidas), ante el riesgo de que varios millares de personas mueran en cada país. Y a todes nos parece lógico y entendible. Pero estas medidas sin precedentes ¿hacen frente a una situación novedosa o extremadamente grave? Sí y no. Sí para nosotres; no para otros seres humanos. Porque las decenas de miles de personas que pueden (podemos) morir a consecuencia del coronavirus no son más que una pequeñísima proporción de las personas que todos los años mueren a consecuencia de situaciones prevenibles que se pudieran haber evitado con mucho menos esfuerzo político y económico del que se está llevando a cabo en la actualidad. Situación a la que ni instituciones y poderes ni poblaciones (en general) nos hemos planteado poner fin con medida alguna:

8.500 niños mueren cada día de desnutrición y según las estimaciones de Unicef, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la División de Población de Naciones Unidas, se calcula que 6,3 millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por causas, en su mayoría, prevenibles

https://eacnur.org/blog/cuantos-ninos-mueren-de-hambre-al-dia-tc_alt45664n_o_pstn_o_pst/

Y eso que en ocasiones, por su proximidad física, dejan de ser “meros números” para transformarse en imágenes y rostros de personas perceptibles por su reflejo en los medios:

El Proyecto Migrantes Desaparecidos de la OIM, que recoge estadísticas de fallecidos en distintas rutas migratorias del planeta desde 2014, estima ya en 1.041 a los fallecidos en el Mediterráneo en lo que va de año, y a más de 15.000 a los muertos en esa zona en los últimos seis años.

Las muertes en el Mediterráneo “se deben en cierta medida al endurecimiento de las actitudes y el aumento de la hostilidad hacia los migrantes que huyen de la violencia y la pobreza”, destacó recientemente el portavoz de la OIM, Leonard Doyle, quien aseguró: “Esta carnicería en el mar ha de dolernos y avergonzarnos a todos”

https://www.lavanguardia.com/internacional/20191007/47863930469/numero-migrantes-muertos-mediterraneo-millar-2019.html

En segundo lugar, es absolutamente denunciable cómo poderes e instituciones públicas en lugar de apelar a la solidaridad y apoyo mutuo entre las colectividades, y ponerse al servicio de esas iniciativas populares, están imponiendo la militarización y el control social sin ningún rubor: todo se militariza y policializa. No solo las calles y espacios públicos, también las mentes y actitudes. Se nos vende la idea de que solo un comportamiento militarizado puede darnos la solución. Hasta el punto de que se nos repite por activa y por pasiva que China ha logrado parar el virus gracias a su condición de “dictadura”. Y se sacan a la calle militares y policías de todos los colores para que aprendamos quiénes son los que saben mantener el “orden necesario”. La jerarquía y la obediencia ciega se nos presentan como modelos a seguir. Ellos saben lo que hay que hacer y lo que necesitamos. Aunque no conozcan ni nuestras calles ni, sobre todo, nuestras personas vecinas y las necesidades y urgencias de muchas de ellas. Cada une de nosotres somos como un número (el del DNI o NIF), da lo mismo la situación personal que esté atravesando cada quien. La empatía, la solidaridad y las vías de apoyo mutuo, se persiguen y penalizan. Habrá que hacer importantes esfuerzos para descontaminar nuestras mentes de este proceso de militarización y no incorporarlo a nuestras vidas cotidianas.

Y el tercer apunte de reflexión. Sin entrar en debates oscuros sobre la procedencia del virus, lo que está claro es que los poderes económicos y políticos están aprovechando la coyuntura para poner en práctica toda una serie de medidas de laboratorio social. Algunas las acabamos de apuntar en los anteriores párrafos, pero hay otras que también nos llaman la atención. ¿De dónde salen ahora todos esos recursos económicos que ponen en marcha las instituciones? ¿Dónde estaban hasta ahora? ¿No será parte también de una estrategia de esos poderes económicos? No, no es que se nos haya nublado la capacidad de análisis, es que hay datos que apuntan a ello.

Desde hace ya un tiempo se ha publicado cómo los poderes económicos que rigen el capitalismo en la actualidad, para incentivar la economía (esto es, para seguir engordando sus beneficios) estaban valorando una serie de medidas que, a bote pronto, podrían parecer descabelladas:

¿Qué le parecería recibir 7.500 euros? Se los daría el Gobierno, por orden del Banco Central Europeo. En serio. Solo debe hacer una cosa: gastarlos. Lo llaman el “helicóptero del dinero” y, aunque cueste creerlo, esta es la receta que muchos economistas plantean para reactivar la economía.

https://www.xlsemanal.com/conocer/sociedad/20191204/experimento-economico-helicoptero-del-dinero-banco-central-aumento-gasto-crisis.html

Pues bien, parece que con la excusa de la “pandemia” algunos han empezado a probarla.

El Gobierno de Trump prepara el envío de cheques de hasta mil dólares a los ciudadanos

La partida supone un estímulo económico de un billón de dólares y supera todos los planes propuestos hasta el momento

https://www.elcorreo.com/internacional/eeuu/gobierno-trump-prepara-20200317231511-ntrc.html

Pero bueno, dejemos ya nuestras elucubraciones personales y demos paso a aportaciones más interesantes para la tarea de descontaminar nuestras mentes de los virus que la actualidad nos está imponiendo. En próximo posts seguiremos intentando impulsar esa necesaria tarea de higiene mental.

 

Epidemia de neoliberalismo

La Jornada 13-03-2020

https://www.jornada.com.mx/2020/03/13/opinion/018a1pol

Hace siglos pudimos aprender la importancia de los entornos sociales y naturales donde los virus se arraigan y multiplican, porque convivimos con ellos y no siempre nos amenazan. La peste negra debió enseñarnos que virus prexistentes se multiplican y dispersan cuando se crean las condiciones apropiadas. En nuestro caso, esas condiciones las creó el neoliberalismo.

En Plagas y pueblos, William McNeill destaca algunas cuestiones de actualidad, cuando analiza la peste negra que barrió Europa desde 1347. Los cristianos, a diferencia de los paganos, cuidaban a los enfermos, se ayudaban entre sí en épocas de pestilencia y de ese modo contenían los efectos de la peste (Siglo XXI, p. 122). La saturación de seres humanos, sobrepoblación, fue clave en la expansión de la peste (p. 163).

La pobreza, una dieta poco variada y la no observación de las supersticiones, costumbres locales de los pueblos, por la llegada de nuevos habitantes, convirtieron las pestes en desastres (p. 155).

Braudel agrega que la peste, o hidra de mil cabezas, constituye una constante, una estructura de la vida de los hombres (Las estructuras de lo cotidiano, p. 54). Sin embargo, qué poco hemos aprendido.

La peste negra destruyó la sociedad feudal, por la aguda escasez de mano de obra a raíz de la muerte, en pocos años, de la mitad de la población europea y, también, por la pérdida de credibilidad de las instituciones. Este es el temor que ahora lleva a los estados a encerrar a millones.

La epidemia de coronavirus en curso, tiene algunas particularidades. Me voy a centrar en las sociales, porque ignoro cuestiones científicas elementales.

La epidemia actual no tendría el impacto que tiene, si no fuera por tres largas décadas de neoliberalismo, que ha causado daños ambientales, sanitarios y sociales probablemente irreparables.

Naciones Unidas por medio del Pnuma, reconoce que la epidemia es reflejo de la degradación ambiental (https://bit.ly/2TS42fL). El reporte señala que las dolencias transmitidas de animales a seres humanos están creciendo y empeoran a medida que los hábitats salvajes son destruidos por la actividad humana, porque los patógenos se difunden más rápido hacia rebaños y seres humanos.

Para prevenir y acotar las zoonosis, es necesario atajar las múltiples amenazas a los ecosistemas y la vida salvaje, entre ellas, la reducción y fragmentación de hábitats, el comercio ilegal, la contaminación y proliferación de especies invasoras y, cada vez más, el cambio climático.

Las temperaturas a comienzos de marzo (invierno) en algunas regiones de España están hasta 10 grados por encima de lo normal (https://bit.ly/3aFvynq). Además, la evidencia científica vincula la explosión de las enfermedades virales y la deforestación (https://bit.ly/2IDBbGO).

La segunda cuestión que multiplica la epidemia son los fuertes recortes del sistema sanitario. En Italia, en los pasados 10 años se perdieron 70 mil camas hospitalarias, se cerraron 359 departamentos y numerosos hospitales pequeños fueron abandonados (https://bit.ly/39BjkMC). Entre 2009 y 2018 el gasto en salud creció 10 por ciento, frente a 37 por ciento de la OCDE. En Italia hay 3.2 camas por cada mil habitantes. En Francia 6 y en Alemania 8.

Entre enero y febrero el sector sanitario español perdió 18 mil 320 trabajadores, en plena expansión del coronavirus (https://bit.ly/2wJIR7W). Los sindicatos del sector denuncian abuso de la contratación de interinos y la precariedad en el empleo, mientras las condiciones de trabajo son cada vez más duras. Esta política neoliberal hacia el sistema sanitario, es una de las causas por las que Italia ha puesto en cuarentena a todo el país y España puede seguir el mismo camino.

El tercer asunto es la epidemia de individualismo y de desigualdad, cultivadas por los grandes medios que se dedican a meter miedo, informando de forma sesgada. Durante más de un siglo, sufrimos una potente ofensiva del capital y de los estados contra los espacios populares de socialización, mientras se bendicen las catedrales del consumo, como los shoppings.

El consumismo despolitiza, desidentifica e implica una mutación antropológica (como alertó Passolini). Hoy hay más personas que desean tener mascotas que hijos (https://bit.ly/2W8J5Qm). Este es el mundo que hemos creado y del que somos responsables.

Las medidas que se toman, a largo plazo, pueden agravar las epidemias. El Estado suspende la sociedad al aislar y confinar a la población en sus casas, prohibiendo incluso el contacto físico.

La desigualdad es igual que en la edad media (hacia el 1500), cuando los ricos corrían a sus casas de campo cuando se anunciaba la peste, en tanto los pobres se quedaban solos, prisioneros de la ciudad contaminada, donde el Estado los alimentaba, los aislaba, los bloqueaba, los vigilaba (Braudel p. 59).

El modelo del panóptico carcelario digitalizado, que suspende las relaciones humanas, parece ser el objetivo estratégico del capital para no perder el control en la actual transición sistémica.

Por Raúl Zibechi

 

 

Sobre la necesidad de la perspectiva crítica y la autorganización

En Errekaleor también vivimos con preocupación el contexto generado por la expansión del coronavirus. Es innegable el estado de emergencia sanitaria generada por el virus SARS-CoV-2 y la apremiante necesidad de tomar medidas al respecto para su contención. En nuestro barrio también hemos tomado las medidas relativas a esta nueva situación desde el objetivo común de parar la propagación del virus.

Aún así y al igual que en otro tipo de situaciones, nos gustaría subrayar la necesidad de adoptar una perspectiva crítica al respecto. Es evidente que el virus puede afectar a la salud de todas las personas, sin embargo, está claro que las situaciones derivadas de esta crisis golpean de manera desigual a unas y a otras.

Al igual que en otros barrios, también en el nuestro muchas vecinas se encuentran abocadas a distintas situaciones de incertidumbre e injusticia. De nuevo, como en cualquier situación que implique una gestión política, queda al descubierto el choque entre distintos intereses. En cuanto al mundo del trabajo, por un lado, nos encontramos con ERTEs, despidos y un empeoramiento general de las condiciones laborales. Por otro lado, vemos cómo las instituciones realizan una apología del cuidado entre la población, al mismo tiempo que deciden quedarse de brazos cruzados ante la obligatoriedad de ir a trabajar con el riesgo que esto supone. En este sentido, resulta admirable la lucha llevada a cabo por las trabajadoras en muchas empresas de Gasteiz.

Por otra parte, nos gustaría mencionar la cuestión del control social. Durante estos últimos días ha quedado patente una militarización de las calles, habiendo sido la última medida el despliegue del ejército por la ciudad de Gasteiz. Vivimos con preocupación que, con la excusa de esta crisis generada a raíz del virus, se produzca una normalización de estas formas de control social así como el desarrollo de medidas injustas que puedan ir en contra de nuestros derechos.

Para terminar, nos gustaría hacer especial mención a todas esas formas de autorganización que están aflorando en las distintas ciudades, barrios y comunidades vecinales. Ahora más que nunca necesitamos generar nuevas formas de organización y redes de solidaridad y cuidados. Desde cuestiones tan cotidianas como hacer la compra a una vecina y asegurar los cuidados de personas dependientes, hasta problemáticas a mayor escala como las dificultades para mantener el derecho a una vivienda o las adversidades económicas sobrevenidas por un despido. Por ello, queremos poner en valor y reafirmarnos en la necesidad de autorganizarse. Si en estos momentos resultan imprescindibles estas redes de solidaridad y cuidados, todo apunta a que lo serán más aún en el momento de enfrentar las consecuencias que esta crisis generará. Por eso, a pesar de todo lo negativo que esta situación nos pueda traer, creemos que puede ser un buen momento para reflexionar y darnos cuenta de la necesidad de la autorganización y el reforzamiento de nuestras redes de solidaridad y cuidado mutuo.

En Errekaleor, el 18 de marzo de 2020.

 

 

Artículo de colaboración para Borroka garaia da! Autor: Dabid Soto Aldaz (militante internacionalista)

Estoy en la terraza de casa, leyendo un rato en ese reducido espacio que sigue siendo casa y donde por tanto no me pueden pillar, como en el juego. De repente oigo bulla en la calle. La verdad es que cualquier ruido proveniente del exterior, por pequeño que sea, llama la atención estos días. Eso que oigo por otra parte no es un sonido más, es una pedazo juerga. Oigo gritos de niño y ladridos.

Un padre está en la calle con su perro, al que todavía (todo llegará) tiene derecho a sacar a la calle sin ser multado por ello. Solo han pasado dos días de cautiverio, pero al chaval que le acompaña, que no tendrá más de cuatro años, le han debido de parecer años. Demasiado pequeño para alcanzar las ventanas de casa por sí solo, lleva horas renunciando no ya a estar, sino a disfrutar de ver la calle.

Padre e hijo han salido a la calle con Txiki, el pastor vasco que lleva años compartiendo el pequeño piso en el que viven. El padre no ha tenido que conciliar vida laboral y familiar. Le conozco y sé que lleva en paro más de un año, de modo que él se encarga de que mientras dure todo esto, en casa las cosas se vayan adaptando a una cierta rutina.

El padre ha estado pensando en dejar al chaval en casa mientras pasea a un perro al que la edad obliga a evacuar al menos cuatro veces al día. No le ha parecido lo más sensato dejarle solo. Pero por otra parte que ostias, se va a dar el gustazo de salir de casa con su hijo para que pise la calle y queme un poco de su inagotable energía.

Habrá quien pensará que vaya jeta. Que haga como todos y se quede en casa. Y pensará además, puede que con razón, que si todos haríamos lo mismo esto no habría quien lo parase. Lo que quien así piensa seguramente no es capaz de comprender es que el hecho de “estar en casa” , es una realidad que se vive de forma distinta según cada situación.

En la casa de Gorka, así se llama el chaval, hace tiempo que la economía no dá para encender la calefacción, y estos días hace bastante frío dentro de ella. En esta casa no hay videojuegos, conexión a internet ni otras decenas de juegos que hay en la mayoría de hogares con y sin niños. Ainhara y Maite, hermana y madre de Gorka respectivamente, están estos días en casa de unos familiares. Ambas han tenido que dejar el piso por no tener internet en casa. El teletrabajo para una y toda la actividad escolar que se ha programado vía telemática para otra, sin importar si todos los hogares están conectados o no a la red, imposibilitan seguir las clases o sacar adelante el curro desde su hogar.

La calle, el parque o la escuela son los sitios donde Gorka siente que es igual al resto. Para correr, dar patadas al balón o saltar a la cuerda no hace falta un gran presupuesto. La calle es, con todas sus opciones de juego y entretenimiento el espacio más “democrático” y educativo para cualquier chaval o chavala de la edad de Gorka. Mientras para algunos su hogar es su casa, para este en particular su hogar es la calle. No porque esté abandonado o en casa no haya cariño, sino porque en él disfruta como en ningún otro sitio de la experiencia de ser niño.

Así que cuando Txiki, Gorka y su aita salen a la calle, lo hacen con la intención de acercarse al “pipican”, dejar que el perro haga lo suyo y para que mientras, Gorka llene sus pulmones de aire fresco. Terminado el paseo, que sí, para que negarlo, han alargado tanto como han podido, se dirigen hacia el portal. Por el camino pasan al lado del parque al que Gorka mira con pena. Está precintado y en casa han hablado lo suficiente del tema como para entender, pese a su corta edad, que usarlo puede resultar peligroso.

Baja la cabeza para evitar la tentación y dá una patada a una rama caida del árbol cercano. Txiki, acostumbrado ha hacer de los palos su juguete favorito interpreta el gesto como un llamamiento a comenzar a correr. Tira de la correa y escapando de las manos del padre acelera persiguiendo el palo.

Gorka se parte la caja. Hace dos días que su padre no le oye reir así y disfruta del momento.Tanto que cuando el pequeño Gorka le pide volver a repetir la operación este no se lo piensa. Cuando Txiki trae el palo se lo da de nuevo al chaval, que entre risas, vuelve a lanzarlo.

Hay una parte de todo esto de la que yo no soy testigo, pero que Gorka me cuenta por teléfono. Lo que si puedo decir es que en el momento en que Gorka lanza el palo, yo me asomaba a la terraza de casa para ver el motivo de semejante cachondeo en pleno estado de alarma. Observo la escena con envidia, poque me gustaría que mi hijo y mi hija estuviesen disfrutando de momentos como ese. Conozco la situación de la familia y me alegro por ellos de esos minutos que están consiguiendo robarle a esta mierda de cuarentena.

La historia no tiene un final feliz. El vecino del bloque de enfrente ha comenzado a lanzar gritos contra Gorka y su padre. En unos pocos segundos ha pasado de gritar ¿Que os divertís? a insultar abiertamente a padre e hijo llamándoles insolidarios, gentuza y deseándoles que toda su familia se contagie.

¡Insolidarios! No me lo puedo creer. Precisamente él. El vecino de la casa que queda enfrente de la mía pero un par de pisos más arriba. El mismo que solo hace unos meses se enorgullecía de que mientras otros hacíamos una huelga “que no servía para nada”, el había ganado ese mismo día una pasta en horas extras. El mismo individuo que mientras se recogían firmas en el pueblo contra la apertura de una casa de apuestas, decía a la madre de un hogar destrozado por el juego que cada cual se ganaba la vida como podía. El mismo energúmeno que solo dos días antes estaba, un par de horas antes de abrir el supermercado, en la puerta del establecimiento para entrar el primero. Ese que miraba con desdén a aquellos clientes que solo 20 minutos después ya no disponían de carne porque gentuza como él salían con los carros llenos. El mismo que anticipándose al resto, había hecho con las primeras noticias del virus acopio en casa de mascarillas y productos desinfectantes. El listo del pueblo vamos.

Ese es el vecino que empezó a increpar a Gorka, A Txiki y a su aita. De repente y como si se hubiese activado una especie de resorte, las ventanas y terrazas del bloque de enfrente empezaron a llenarse de cabezas. Personas que como yo se habían enganchado en distintos momentos a los acontecimientos de la calle. En mi cabeza se ordenaron rápidamente las ideas. A este tipejo hay que pararle los pies, pensé . Así que cuando empecé a oir los primeros gritos provenientes del resto de vecinos, me alegró comprobar que este coronavirus además de vulnerables a una enfermedad no nos había vuelto imbéciles. Me alegraba comprobar que la gente seguía sabiendo distinguir entre qué estaba bien y qué no.

Tristeza. Una tristeza inmensa y rabia es lo que sentí al entender que lejos de increpar al energúmeno, en realidad los vecinos increpaban a Gorka, a su aita y hasta al perro. Pero lo peor estaba por llegar. Entre los vecinos que vociferaban había algunos a los que no conocía. Gente a la que nunca he saludado y cuya forma de entender la vida desconocía. Pero ¿tú? ¿vosotros?. No podía creer que entre toda la gente que se unía al linchamiento estuviesen vecinos a los que aprecio. Personas que normalmente no se dejan llevar ni por las tendencias, ni por las inercias y que están acostumbradas a cuestionarse las cosas. Vecinas que símplemente son críticas y raramente aceptan la versión oficial de las cosas.

Este coronavirus además de los síntomas conocidos que nos han ido contado los médicos, tiene que tener efectos que nos están dañando el cerebro, sin duda. Los primeros whatsapp para salir a las ventanas apoyando el trabajo de los profesionales sanitarios van cada vez más cargados de intencionalidad. Ahora además de a este sector, hay que salir a las ventanas a aplaudir a las fuerzas de seguridad e incluso al ejército.

Hay quien dice que el miedo saca lo mejor y lo peor de cada cual. Yo creo que el miedo en muchos casos saca el policía que dicen, todos llevamos dentro. El viejo principio de temer lo desconocido que nos convierte de la noche a la mañana en ultraconservadores. Un miedo que ya no se centra en el temor a una enfermedad, sino en miedo al vecino, al qué dirán, a no hacer lo políticamente correcto. Un miedo que deriva en interiorizar que como todos somos iguales ante el virus, todos tenemos que estar unidos frente a él, actuándo de la misma forma. Un miedo uniformador, que por asimilación del discurso oficial o por temor a ser señalado termina creando el caldo de cultivo ideal para el poder. El caldo de cultivo que se convierte en el germen sobre el que se construyen buena pate de los fascismos.

El estado español ha implantado una serie de medidas para combatir la pandemia del coronavirus, dicen. Sin tener elementos suficientes para considerar útil y/o necesaria la aplicación del estado de alarma, lo cierto es que una medida como esta se puede llevar a la práctica de tantas formas como ideologías existen.

No deja de llamar la atención que gobiernos centrales y autonómicos desoigan sistemáticamente las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Esta organización, cuya único objetivo es trabajar por garantizar la salud de las personas, plantea unas actuaciones concretas. Hoy mismo, martes 17 de marzo, el titular en muchos medios de comunicación señala que “La OMS insta a hacer el test a todos los sospechosos como única vía para frenar la pandemia de coronavirus”. Mientras en Nafarroa, el mismo día, se decide realizar el test solo a los casos más graves, y el resto a casa, con síntomas pero sin saber si se enfrenta al coronavirus o a una neumonia. ¿Qué credibilidad tienen por tantolos datos de extensión de una pandemia si simplemente no se hace lo posible por diagnosticar y tratar todos los casos existentes? ¿Porqué una decisión tan irresponsable? Es evidente que si en la medida propuesta por la OMS se valora exclusivamente el binomio salud/personas, la decisión del Gobierno de Nafarroa está tomada teniendo en cuenta otros factores, que pasan a relegar la salud a vete a saber tú que posición. Exigencia total a la ciudadanía en beneficio de la salud y de todos nosotros, dicen, pero decisiones políticas donde frente a la salud se anteponen otras cuestiones como la seguridad, las necesidades de “la economía”, o los intereses por utilizar esta pandemia para legitimar la posición de poder y autoridad del estado en todo el territorio.

La primera decisión del estado español ha sido suspender de facto el estado de las autonomías. Sin ningún argumento que sirva para entender porqué a través de los mecanismos descentralizados habituales, que hacen que la sanidad, la seguridad o la educación funcionen a diario, no era posible combatir al coronavirus.

Es innegable que hay una serie de medidas que sirven para maquillar al estado y dar un tinte izquierdista a alguna de sus decisiones. Así se han presentado medidas como una posible intervención de la sanidad privada. O al menos una disposición por parte del estado ha llegado el caso, hacerse con la gestión de instalaciones sanitarias privadas, lo quieran estas o no. Mienten. El estado no va a entrar por las bravas a la Clínica Universitaria y plantarse ante el Opus. Seguro. Si los de la Obra deciden que hay negocio, lo aprovecharán. Y si deciden que primero se deben a “sus” pacientes, ni el PSOE ni Podemos van a enviar a la policía o al ejército a intervenir.

Tampoco se va a poner a los municipales a la puerta de los comercios para sancionar a quienes hagan acopio de alimentos, medicinas o bienes de primera necesidad. Se han establecido sanciones para quien pasee por la calle, pero no para todos los especuladores que han subido desorbitadamente los precios de productos básicos de un día para otro. No hay penalización ni órdenes de cierre para las empresas que juegan, amparadas por un estado de alarma que se lo permite, con la salud de sus currelas. No se contemplan medidas para evitar que los y las trabajadoras que por razones del estado de alarma se tienen que quedar en sus casas, no acumulen al finalizar el mismo semanas de “deuda” en forma de días laborables a la empresa. La conciliación laboral y familiar que se contempla para los y las funcionarias no se amplia, obligatoriamente, a toda la empresa privada…

Se habla ya de medidas para revitalizar la economía una vez se supere la pandemia. La última vez que hubo que salvar a alguien fué a la banca. Ahora la (gran) industria pedirá su parte. Medidas para que las cifras de ganancia de los poderosos se alejen lo menos posible de sus espectativas. Medidas de nuevo alejadas de las necesidades reales de la clase trabajadora o de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

Hay motivos más que suficientes para estar en los balcones, pero no para volcar nuestra indignación contra el vecino que roba a la cuarentena unos mínutos de libertad. Hay razones más que suficientes para gritar, pero sin unir nuestra voz a la de quienes pretenden aprovechar el momento para hacernos tragar discursos alienantes.

El gobierno español ha establecido un estado de alarma que delimita lo que es legal de lo que no lo es. Creo que como clase trabajadora hace tiempo que sabemos diferenciar y sabemos que legalidad y justicia raramente van de la mano. A mi vecino de enfrente le ampara la legalidad cuando vuelca su odio sobre Gorka y su padre. Y también le ampara esa misma legalidad cuando hace acopio innecesario de productos básicos. Yo me inclino por pensar que, por muy legal que sea, ninguna de esas dos actitudes es justa, y que por tanto ambas hay que combatirlas.

Creo que a partir de hoy saldré además de ha hacer la compra, a sacar fotos de mis modélicos vecinos acaparadores para que todos lo víruses de esta epidemia tengan, si no nombre, al menos sí rostro. Por otra parte, saldré a la terraza a comer si el tiempo lo permite, y desde ella, desde esa parte de mi casa, me uniré, como siempre he hecho, a las reivindicaciones y muestras de apoyo que me parezcan razonables, sin dejarme arrastrar ni por mensajes huecos ni por el miedo al que dirán.

Unas últimas líneas para mandar un abrazo a todas esas militantes que están en prisión o en el exilio.

Vista la intencionalidad de las medidas que va tomando el estado en la calle, seguro que no se contendrá a la hora de utilizar esta pandemia contra vosotros y vosotras. Parte de este cautiverio domiciliario que nos imponen, va a convertirse en casa en la ocasión ideal para aumentar la comunicación que mantenemos. Sabemos del valor que, tal vez ahora más que nunca, pueden tener unas líneas Ahora que no podemos salir, que nuestros espacios vitales se han visto reducidos, es cuando más apreciamos el sentido de la libertad. Ahora es cuando más somos capaces de valorar el precio que estáis pagando por vuestra lucha.

Gora zuek!

https://borrokagaraia.wordpress.com/2020/03/17/utilizacion-politica-e-ideologica-del-covid-19/